Querétaro, 495 aniversario


Publicado en Diario de Querétaro 31 de julio 2026, Carlos Jimenez

Cuando cuestionamos el mito de la Fundación de Querétaro y la supuesta lucha a bofetones y macanazos entre españoles e indígenas, la intromisión de Señor Santiago, la aparición de la Santa Cruz de los Milagros, la oscuridad y el eclipse vespertino, notas que escuchamos en diversas ocasiones a maestros como el ínclito Eduardo Loarca Castillo y J. Guadalupe Ramírez, el maestro José Luis Razo Ochoa, Hermano Marista, habló entonces de la asociación frecuente entre hechos históricos, y mitos y leyendas que los acompañan.

Para no ir lejos habló por ejemplo de Rómulo y Remo, fundadores de Roma, supuestamente alimentados por una loba; recordó asimismo la épica página del “rapto de las Sabinas”; la escritura abstracta en el Festín de Baltazar… y de otras leyendas que han acompañado hechos relevantes de la historia local o nacional y que implican más bien la licencia de destacar hechos determinados a costa de mitos y leyendas.

Lo importante nos dijo en clase, en aquellos años de inquietudes, es reconocer la importancia de los hechos históricos, las posibilidades de documentación, la relevancia de testimonios escritos; y también de distinguir, sin condenar o eliminar, la humana tendencia a crear mitos y leyendas en torno a lo que implica grandes cambios o triunfos. No hay necesidad de borrarlos, prosiguió, sino de mantenerlos claramente como tales al lado de los hechos ciertos y documentados.

Concluyó:  los mitos y leyendas son como adornos que ornan los cuadros de la historia cierta. Ambos, mitos e historia, tienen valor específico; de ello pueden hablarnos sociólogos, psicólogos e historiadores.

Don Manuel Septién

Ante ello vale adentrarse en páginas de nuestra historia escritas por insignes estudiosos quienes manejan, con suficientes guiños, hechos y mitos de nuestra historia, como el maestro Manuel Septién y Septién.

Sostenía don Manuel que Fernando de Tapia (Conni) “habiendo hecho alianzas con algunos caciques de Xilotepec y Tula que se ofrecían voluntariamente a acompañarlo, con sus fuerzas compuestas de otomíes armados de arco y flecha y sus capitanes de espadas y armas de fuego, se pusieron en orden y provistos de bastimentos, comenzaron su jornada, haciendo alto Enel lugar donde está ahora el pueblo de San Juan del Río. Ahí valiéndose de un religioso de Xilotepec, que iba como capellán del ejército, y las amistosas persuasiones de los caciques, que en la expedición militaban, se sometieron los naturales cuyo cacique Mexici fue bautizado y el antiguo lugar llamado Ixachichimecapan, quedó nuevamente fundado el día 24 de junio de 1531, con el nombre de San Juan del Río, porque se fundó en la fiesta del precursor y por el dicho río que baña las orillas del lugar.

“Uno de los principales caciques que acompañó en su empresa a don Fernando de Tapia era Nicolás de San Luis Montañez, indio otomí y señor de Tula, quien aportó numeroso contingente de tropas de su nación y que además más tarde habría de disputarle a don Fernando de Tapia el principal mérito en la conquista y pacificación de los chichimecas”.

Y más adelante: “como ya estaba concertada con anterioridad la conquista pacífica, por Fernando de Tapia y Juan Sánchez de Alanís, cuando convivieron con los chichimecas y otomíes de La cañada, solamente se trató de darle cierta forma para que la sumisión y conquista no apareciese efectuada sin luchar y victoria. Para ello convinieron en simular un combate cuerpo a cuerpo, en el que no se usaron las armas, sino solamente a brazo partido.

El día 25 de julio de 1531, afrontaron cristianos y gentiles, en la loma conocida con el nombre de Sangremal y puestos en fila, en número igual de combatientes, se trabó de una y otra parte reñida lucha, en que llegaron adherirse a puño cerrado. Los que estaban a la vista disparaban descargas cerradas al aire de sus armas de fuego, y los indios a su vez lanzaban sus flechas a lo alto, enardecidos con la vista del combate. Y con la pólvora y con eclipse parece que hubo en ese tiempo, se oscureció el día causando congoja y pavor en el ánimo de todos.

“En medio de esa oscuridad, observaron de repente, tanto cristianos como gentiles, una claridad tan viva que les llamó fuertemente la atención aun a los mismos combatientes y vieron en el centro, suspensa en el aire, una cruz refulgente de color blanco y rojo, como de cuatro varas de larga y a su lado el batallador patrono de España, el apóstol Santiago, jinete en su blanco corcel; como ya en otras muchas ocasiones se había aparecido en las batallas de los españoles contra los gentiles decidiendo todas ellas en favor de los cristianos”.

Historia y mito

Al respecto, recientemente la reconocida historiadora y académica de la UAQ Oliva Solís, coincidía en que más que borrar el mito, es importante comprender por qué surgió y qué función cumplió en la construcción de nuestra identidad queretana.

“Todos los pueblos, explicó, recurren a estas tradiciones mitológicas

no nada más para justificar, sino también para engrandecer la fundación.”

Establece la maestra Olivia Solís que fueron los cronistas franciscanos quienes dieron forma a esta narrativa durante los siglos posteriores a la fundación.

La versión mítica, con el tiempo, se convirtió en la versión de la fundación. Por siglos todo mundo la replicó y la repitió hasta que las investigaciones de Lourdes Samoano y Juan Ricardo Jiménez permitieron revisar las fuentes originales para distinguir entre la tradición oral simbólica y mítica, y los acontecimientos documentados.

Ciertamente la historia documentada de Querétaro reconoce que antes de 1531 existía ya en estos lares el pueblo indígena de Tlaxco, mismo que registran códices prehispánicos como parte de la provincia tributaria de Xilotepec.

Una franja Oriente-Poniente que abarca La Cañada, Santa Rosa Jáuregui pasando por El Pueblito y alcanzando San Bartolo, habla de la presencia de comunidades indígenas mucho antes de la llegada del Virreinato español.

Hay vestigios, lamentablemente poco trabajados, a excepción de El Cerrito en El Pueblito, que hablan de que había asentamientos prehispánicos en amplia zona del actual Querétaro.

Así, la batalla fundacional de Querétaro tampoco responde a acuerdos previos de pacificación y control donde indígenas otomíes y chichimecas son “enfrentados” por grupos de poder españoles que aluden a disputas inciertas y a disimulados enfrentamientos entre bautizados y gentiles.

Así, la batalla de Sangremal no fue real, fue un simulacro, un teatro, un sainete en el que emergió un dominio que ya existía y que sólo había qué validar.

Simulacro que quizá influyó en la identidad local que huye en casa del enfrentamiento violento, aunque es capaz de luchar fuera de ella por la Patria, como ocurrió con las milicias queretanas en la invasión de Estados Unidos en 1848.

Querétaro, Siglo XVII

Las capitulaciones de Querétaro firmadas en octubre de 1655 por el enviado real Andrés del Rosal y Ríos y por los vecinos del pueblo de Querétaro permitieron elevarlo al rango de ciudad y consecuentemente a establecer su cabildo. A partir de entonces, su denominación legal y oficial fue la de Santiago de Querétaro.

En 1655, el duque de Alburquerque otorgó el título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de Querétaro, título que fue reafirmado por el rey Felipe V en 1712.

En 1671, por su influencia religiosa en el norte del Virreinato, su precisa ubicación entre la Ciudad de México y las minas de Zacatecas y de Guanajuato, y por ser la entrada al centro norte del territorio de la Nueva España Querétaro fue nombrada Tercera Ciudad del Virreinato.

Mucho ha cambiado desde entonces en nuestro Querétaro, aunque su identidad -pacifista, de trabajo, sosegada, sostenida en valores trascendentes-, parece sostenerse pese a migraciones, enconos nuevos, y cambios culturales.